A mediados de noviembre comienzan los preparativos para convertir la ciudad de Funchal en un verdadero "belén" de tamaño real.
Las calles se engalanan con luces de todos los tamaños y colores que, formando dibujos, presentan una fuerte simbología de la isla y de la época.
En diciembre se decoran las plazas con flores. Flores de Pascua, Acebo, Zapatos de Venus, todas ayudan a alegrar las calles funchalenses. Y, además, está también la música de Navidad que se infiltra, casi de forma mágica, en todas las arterias de la ciudad, contagiando a todo el mundo.
En este ambiente de gran alegría las calles se llenan de gente. Algunos vienen a hacer sus compras de Navidad, otros sólo quieren sentir el murmullo de esos días que preceden a la fiesta.
Se da inicio también a los eventos culturales, con varias exposiciones alusivas a la época y al archipiélago y con espectáculos musicales de gran calidad.
Después de Navidad continúan afanados en los preparativos, esta vez para dejar en la memoria de todos el último día del año.
Con el anfiteatro de Funchal transformado en un grandioso belén iluminado por más de 250 mil lámparas de colores, y con las laderas pobladas de puntos blancos provenientes de las luces colocadas a propósito para ese efecto, se encuentra el escenario montado para un espectáculo inolvidable.
Al final de las doce campanadas del día 31 de diciembre, los cielos quedan iluminados con fuego, color y esperanza en el año que se adivina y que no podría comenzar de mejor forma.